Una fervorosa defensa de la sugerencia, del trazo suspendido en la ejecución de un movimiento que no acaba de ser, el recuerdo de la presencia invisible
del padre muerto en la mesa servida y la cara hundida en la luna blanca para
convocar su presencia, el desfile de los actores de la Paramount hablándonos
de un mundo de elegancia y deriva, de gestos inolvidables y carcoma que todo
lo corrompe, están en las raíces de la poesía de Elkin Restrepo,
de cuya verdad y valor da buena cuenta esta antología, Amores cumplidos,
publicada por Hombre Nuevo Editores en la ciudad del poeta. Un místico
profano, un sonriente ironista, vive en los poemas de este libro, capaz de reflejar
una vida dedicada a pescar en la torrentera de las palabras su tenue decir, su
cercana perfección de ánfora sin adornos.
Cuentista, profesor de literatura y director de la Revista Universidad de
Antioquia y de la Colección de Poesía de la misma universidad,
Elkin Restrepo ha creado una obra discreta, sugestiva, honda, capaz de dar
cuenta de ese mundo que se nos va de las manos a cada instante, y que deseamos
convocar por medio de la palabra para luego volver a verlo yéndose hacia
un sitio que no sabemos nombrar sino con elusiva precisión, un mundo
que empieza a existir cuando recordamos que es tan fugitivo y voltario como
la visita que no pasó del jardín, el título que Elkin
le dio a su último libro individual de poemas y que nos sumerge en su
mundo de cercana maravilla, aquella que se descubre en lo más trivial
y frágil.
El poeta descubre esta magia de la vida que se celebra en su rotunda esencialidad
de una manera significativa. Así, en
Embrujo
Ningún anhelo mejor
que la vida misma.
Ningún sueño más apropiado
que la misma realidad.
Ningún suceso mayor
que un día
en el cual no sucede nada.
Una fiesta:
el más trivial
de los actos,
el más distraído de los besos.
Fábula,
despertar y saber
que estamos vivos.
Hay algunos poemas que seguiremos recordando por largo tiempo en este libro,
como “Jean Pierre Leaud (poema encontrado en uno de sus bolsillos)”, “Anita
Eckberg”, “Sharon Tate”, “La dádiva”, “En
suerte”, “Lugar común”, “Irrupción”, “El
don”, “De este lado”, “Rango”, “Gesta”, “Petición”, “El
lugar vacío”, sólo por citar algunos. Y esta poesía
se ha ido adentrando en sus temas, en sus ritmos, en su silencio que es verdad
para el corazón. De Retrato de artistas a La visita que no pasó del
jardín hay un tránsito de verdad humana y perfección estética
que ha ido afinando el entramado sobre el que las figuras convocadas en estos
versos se han dibujado de una manera no intencional, casi trazadas por el azar,
pero un azar paciente y sabio que ha llenado sus contornos de verdad y perfección.
Una poesía del desvanecimiento, de una sensata y también dolorida
forma de conocer que no desea la posesión como cara última de
la felicidad, sino que deja a las cosas que habiten su sitio, aquel que ellas
desean y al que están llamadas, para que el ojo y la voz del poeta den
cuenta de un entendimiento que no violenta a la realidad sino que la deja ser
en su primitivo esplendor y, sin embargo, canta a la fundamental incomodidad
de sabernos no haciendo parte del mundo de una manera natural sino que debemos
forzarnos para conseguir esta manera lúcida y luminosa de entender el
mundo y las palabras que lo nombran. Este sentimiento ante el mundo se hace
concreción en un poema tan poderoso y sugestivo como uno de los últimos
que incluye el libro:
Irrupción
¿Y ese alboroto a estas horas
de la noche?
Ríen, parlotean,
hacen tintinear las copas.
Vienen de otra parte
a proseguir aquí la fiesta.
Desde mi cuarto
les oigo su charla insulsa:
Chicas que
se divierten como viejas amigas.
Y como desean bailar
elevan el volumen a la música.
¡El acabóse!
No les preocupa
que en casa el dueño duerma,
Ni que sobre el vecindario
la luna todavía fantasmee.
Se irán como han venido,
pero mientras tanto
Bailarán, charlarán,
pondrán la casa patas arriba,
Ellas, las Musas
en las que el poeta menor descree.
Juan Felipe Robledo. Publicada en Revista Arcadia, marzo 2007.