Autor: Guillermo Zuluaga Ceballos
Editorial: Hombre Nuevo Editores
Gobernación de Antioquia, Secretaria de Gobierno
Año de edición: 2007
Formato: Libro
Rústica, 14 x 21.5 cms
206
páginas
ISBN: 9789588245270
Reseña: A los grupos armados no los califican las palabras sino sus hechos. Para qué decirles terroristas o bandoleros o narcotraficantes. Al fin y al cabo son solo eso, palabras. Lo importante aquí es narrar los actos cometidos y las consecuencias que dejaron en medio de una población inerme.
El autor, en un lenguaje sencillo, directo, sin eufemismos, exageraciones ni hipérboles, deja plasmadas para la historia las consecuencias de esos actos, las cicatrices que permanecerán indelebles en el alma de quienes tanto sufrieron.
No hay una sola calificación, no hay una sola sindicación en un libro lleno de historias, de vida y de muerte, pero que son reflejo de una realidad que para muchos parece cosa del pasado, y aunque sea cosa del pasado su legado quedará inmóvil con el único propósito de contribuir a la memoria, que es por donde empieza la justicia.
En ocho historias recopila, como buen reportero, las diversas aristas del conflicto armado en el Oriente antioqueño. Son historias de las que debemos aprender, con dos objetivos: el primero, buscar una reparación para quienes las sufrieron y, el segundo, un castigo para quienes las cometieron.
Reseña crítica
Ensayo
Un homenaje a la memoria
Publicado en: Elcolombiano.com | Domingo 27 de mayo de 2007 | Javier Arboleda García
La verdad, el compromiso del periodista Guillermo Zuluaga Ceballos dice que la verdad debe ser el único compromiso del periodista cuando informa sobre situaciones de conflicto armado.
Imágenes... imágenes que persisten; hechos que tocan la piel, penetran en lo profundo, convierten la memoria en galería y dejan una huella indeleble, buena o mala, de todo aquello que nos impresiona.
Esas ráfagas construyen sucesos que se reciclan cada vez que aparecen en otras personas, en otros tiempos, en otras escenas, en otros duelos...
Esa galería de la memoria la llevó prendida a su pecho Laura Bonaparte, una de las fundadoras de las madres de la Plaza de Mayo, cuando en Bogotá, a finales del siglo pasado, les reclamó a los colombianos por el olvido al que estaban sometidas las víctimas del conflicto interno.
Perdió a siete de sus parientes más cercanos (su esposo, dos hijas, un hijo, dos yernos y una nuera...), durante la dictadura argentina, en aquella noche brumosa que convirtió un segundo en un siglo y cuyos matices permanecen colgados en las fotografías que siempre adornan su atuendo.
Son esas imágenes las que recalan en mi memoria, tantas que trato de ordenarlas para ser justo con quienes hoy no están.
Un 8 de diciembre de 2000, una madre de piel arrugada y manos callosas, buscaba desesperada que su hijo respondiera a sus gritos, pese a que estaba debajo de los escombros que habían dejado 48 horas continuas de un ataque guerrillero a Granada.
Nunca respondió y la abuela se quedó sentada encima de un pedazo de pared, con la mirada al piso y su cara arrugada por la presión de las manos, hasta que le entregaron en pedazos a quien había despedido hacía dos noches con una bendición y a la espera de que "el de arriba" se lo devolviera sano y salvo.
Casi un mes antes, en las mismas calles granadinas, en la tarde gris de un nublado viernes, mis ojos vieron un reguero de muertos, horas después de que el bloque Metro, de las autodefensas, ingresara al pueblo a "hacer justicia" contra quienes simpatizaban con el Eln.
En una esquina, dos nietos se disputaban el derecho a saber si quien yacía en el piso, boca arriba y tapada con una sábana blanca, era la abuela.
Mientras discutían, un hilo de sangre que salía del cadáver mojaba sus tenis y la única prueba que esbozaba uno de ellos era un cuerpo robusto, vestido con una bata de medio luto, que le vio lucir en la mañana, antes de ir a la escuela.
Más tarde, en la morgue del hospital local comprendí la discusión cuando vi el cadáver de esa mujer y noté que su cara estaba desfigurada por una bala de fusil que la atravesó desde el mentón hasta la frente.
Casi un año y medio después, cuando las Farc decidieron liberar a los policías que secuestraron en distintas incursiones a municipios de esa misma región, en su última noche de cautiverio, encerrado en un aula de la única escuela del corregimiento Santa Ana, también de Granada, uno de los uniformados le dijo a través de la pared a su esposa que llegó allí para recibirlo que, ¡Por fin!, ese matrimonio se consumaría, tras varios meses de espera.
"Mañana no te vas a salvar", le gritó desesperado con un te amo adicional que se volvió música para los oídos de quienes toda la noche esperamos el abrazo que se preparó durante meses en las montañas de esa región y que, en ese momento, se convirtió en una frustración más, porque lo impidió un joven guerrillero que hizo las veces de centinela.
Esas y mil imágenes más tenemos decenas de periodistas que como Guillermo y yo hemos visto y grabado en el cumplimiento de nuestra función, de contarle a estas y otras generaciones los efectos de la guerra en una sociedad que permanece dividida y que hoy pareciera optar por la alternativa del olvido para tratar de garantizar, de esa forma, que esas ráfagas jamás volverán.
Los halos de esas luces siguen perennes como los describe Guillermo en el libro 24 Negro, una acumulación de escenas y de imágenes diseminadas en 206 páginas y ocho historias que, de seguro, se convertirán en una galería contra el olvido.
Cómo olvidar a José Aldemar, víctima eterna, alcalde acorralado e invisibilizado por el secuestro, quien terminó en las calles de los pueblos del Oriente vendiendo libros para asegurar el sustento de su familia, pese a que meses antes había arriesgado todo, incluso el amor de los suyos, por conseguir recursos en cuanta oficina se lo permitieran para mejorar la calidad de vida de su gente de Cocorná.
Cómo olvidar la llamada que nunca entró a la casa de Liliana, quien esperó toda la mañana una voz que al otro lado de la línea le dijera que el primer viaje a San Carlos había cumplido su itinerario, sin saber que el cuerpo agujerado de su esposo Bernardo reposaba debajo de un asiento al lado conductor.
Sucedió luego del fuego nutrido que le propinaron al bus guerrilleros de las Farc como "escarmiento" contra quienes se atrevieron a desobedecer la orden de "prohibido transitar por esta vía".
Cómo olvidar a Rosa Elena que, a sus 16 años, se quedó atrapada en una inmensa casa campesina, llena de moho y vegetación e inundada de los recuerdos de su padre, muerto ese 24 Negro en un recorrido que hicieron las autodefensas por las veredas de San Vicente, en límites con Granada.
El silencio de esas paredes jamás le devolvieron la alegría ni siquiera cuando unos de los homicidas reconoció, mucho tiempo después, que se habían equivocado.
Cómo olvidar a Juan Camilo que se vio muerto cuando una mina antipersona le explotó mientras trabajaba en las veredas de Argelia y otros "jugaban" a la guerra en predios que solo han visto crecer los frutos que alimentan a gente humilde, aquella que sólo ha cometido un pecado: vivir en medio de un territorio que los llamados actores del conflicto lo declararon como propio.
Cómo olvidar a Guarín y a su madre que aún hoy lucha contra el tiempo y la memoria para que su hijo no quede en el recuerdo como el guerrillero que nunca fue, aunque haya sido presentado como tal, luego de un combate con el Ejército.
Cómo olvidar a Giovanni, que más que equilibrista es un malabarista, capaz de capotear su suerte para robarle una moneda a la indiferencia que cruza por los semáforos de la ciudad.
Y, por último, cómo olvidar a esos apóstoles que sobre el filo de la navaja de la estigmatización acuden a su discurso conciliador para defender la vida, así la de ellos se ponga en riesgo.
Es una lucha constante contra el olvido, es una defensa de la memoria, aquella memoria colectiva que no separa a víctimas de victimario sino que los junta, al reconocer que todos, absolutamente todos, somos víctimas, pero también victimarios en un conflicto que se ha convertido en paisaje y del que Guillermo nos muestra su parte más cruel con una pintura, toda trazada con palabras...
Para estructurar este trabajo, la labor de reportería de Guillermo comenzó un día de septiembre de 2000 en la biblioteca municipal de San Vicente donde vio, sorprendido, que el alcalde de Cocorná, que hacía pocos meses se había robado los titulares de la prensa regional, llegaba con un maletín en la mano, en el que llevaba el futuro de su nueva empresa.
Eran los libros que, por ese entonces, le brindaban algo de manutención para su familia, pues tras la última liberación, el Eln le ordenó que dejara el cargo, pese a que a su llegada, el pueblo se agolpó para recibirlo y rogarle que se quedara.
Ese encuentro se pactó con una larga conversación en el recinto de la biblioteca, donde José Aldemar hizo parte de la catarsis de todo lo que había padecido y lloró narrando y develando su impotencia.
Ese fue, quizás, el momento que inspiró este libro, idea que se afianzó, como cuenta Guillermo, cuando el autor vio como la madrugada del 25 de diciembre de ese mismo año, la plaza de San Vicente empezó a llenarse de gente y de versiones de cómo las autodefensas habían matado a ocho campesinos en la zona rural.
24 Negro se cristalizó solo esta semana, cuando el autor pudo lanzarlo de forma oficial en un acto en la Gobernación de Antioquia.
Guillermo dice que fueron años de un trabajo exhaustivo, en los que la verificación de datos y la escogencia de las historias se llevaron la mayor parte.
Hace hincapié en que siempre buscó el equilibrio en esas vivencias, con la idea de demostrar que su intención es sólo contribuir con la memoria de un conflicto, para lograr el objetivo de que esos hechos se queden en eso: en parte de la historia violenta de esa región del departamento y sirvan para su no repetición.
Guillermo recorrió veredas, calles, archivos de prensa y carreteras con la idea de llegar al centro de las historias, que son ocho plasmadas en el libro, pero que pudieron ser muchas más.
Tuvo que abandonar cuatro y desechar otras más porque la reportería le demostró la inconsistencia de las versiones y de los testigos en algunas de ellas.
No hay una calificación ni una sindicación, pues son episodios contados desde el dolor, en un lenguaje sencillo, sin eufemismo, con descripción y una narración que se apega a los hechos.
A Guillermo le queda una vasta experiencia que podrá replicar, ojalá, en las aulas universitarias y al Oriente un documento que ayudará a la preservación de la memoria.
Será un documento para la discusión y el análisis, una pieza periodística que le pondrá nombre a quienes hoy aparecen anónimos e invisibles en esa masa amorfa que intenta perderse en medio de las estadísticas oficiales y no oficiales sobre lo que los teóricos han denominado "víctimas del conflicto".
Puede que muchos piensen que ya no hay conflicto y menos en el Oriente; puede que muchos piensen que el fragmento más oscuro de esa noche ya pasó y puede que muchos no recuerden las historias de Guillermo, pero quienes las sufrieron siguen ahí, como piezas que merecen estar en la galería de la memoria, dando su aporte a la pacificación de la región y el país.
Contexto
Guillermo Zuluaga Ceballos, de 32 años, docente de la Universidad de Antioquia, además de ser comunicador social de esta Universidad, obtuvo un magíster en Historia de la Universidad Nacional, seccional Medellín. También hizo un diplomado en Periodismo responsable en el conflicto armado, convocado por Medios para la Paz.
24 Negro no es el único libro escrito por Zuluaga. Antes publicó Desde adentro, un reportaje a San Vicente, en el oriente de Antioquia, y Empatamos 6 a 0, un compendio del fútbol en Colombia, de 1900 a 1948, cuando se inició el profesionalismo en el país.
Guillermo es uno de esos periodistas que se ha forjado en la escuela de la reportería, con una amplia sensibilidad por los temas relacionados con los derechos humanos, como ocurre con quien hace este comentario, el periodista Javier Arboleda, quien presentó el libro.
Reconoce el autor que al elaborar este nuevo volumen, lloró en varias entrevistas, cuando sus personajes le contaron sus historias. Fueron muchos diálogos, muchos desplazamientos, muchas cuartillas, mucha confrontación y mucha verificación de datos, que culminaron el jueves pasado, cuando dio a conocer 24 negro en el salón Pedro Justo Berrío, de la Gobernación de Antioquia.